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El día que dejé de competir

Abril de 2019, Santiago de Chile, Campeonato Sudamericano Juvenil de Deportes Acuáticos,

Nunca sentí que realmente merecía representar al país. Conocía tantos nadadores mucho mejores que yo. Yo estaba ahí solo porque nadie más quería nadar en mar abierto, pero no por eso soy valiente: todo lo contrario. Aún así me había preparado como nunca. Era el evento más importante de mi vida hasta entonces, y además no quería que mi equipo descubriera que no pertenecía ahí.

El juez explica el recorrido. No lo escuchas; ya te lo sabes de memoria. Tienes tu estrategia, pero nada de eso calma tu taquicardia. Bebes lo último de tu café frío sin azúcar, una bebida que ya te resulta familiar de los entrenamientos: irónicamente esperas que al menos eso calme tu ansiedad. Miras alrededor, el ambiente es hostil. Es hora de ir al punto de partida, entran al mar lentamente.

Ya te lo habías imaginado: el mar helado, el traje incómodo, los gritos del público, tu entrenador que te tiene más confianza que tú mismo, el nadador que antes de partir te empieza a fastidiar de mil maneras. Sin embargo sientes que es la primera vez que experimentas algo así, no se compara al resto de torneos.

“¡En sus marcas!”, respiras hondo, sabes que es un día importante, ¿lo recordarás por el resto de tu vida?... concentración máxima… “¡Beeeeeep!”

El mar explota, todo es confusión, espuma, y golpes… Nadie se puede escapar, nadie se puede escapar… Mantienes una concentración muy buena, y van pasando los metros, pero, por alguna razón, el pelotón está yendo muy lento… ¿Me escapo?, ¿Me voy solo por delante de todos o me cansaré a mitad de camino? Notas que alguien comparte tu misma duda. ¿Me voy con él?

Nunca me animé a adelantarme, fui muy cobarde, salirse del pelotón es arriesgado, pero por alguna razón sé que si me hubiera alejado del grupo en ese instante, la historia habría sido otra.

Terminé quinto, luego de eventos que prefiero no mencionar

Un resultado maravilloso para la mayoría de atletas, teniendo en cuenta la magnitud del torneo. Para mí, una condena, arrepentido de no haber arriesgado lo suficiente, sabía que lo pude haber hecho mejor. Tanto esfuerzo, tanta preparación, tanto sacrificio, tanto que dejé para terminar derrumbado por miedo, por esa cobardía que, hasta el día de hoy, me acompaña

Luego de bastante tiempo, te encuentras ya sentado en la arena, con una expresión vacía que evita que alguien se te acerque. No miras a nadie… Has recuperado el aliento, recién notas que te duelen los tríceps, sientes un gran cansancio corporal, pero tu cabeza es la más rota. Masticas un trozo de fruta que te sabe a nada mientras intentas racionalizar para no sentirte mal “¿Qué hubiera pasado si hubiera quedado al menos tercero?”, buscas una posible respuesta que te alivie “Seguramente habría tenido el reconocimiento de mi equipo, habría tenido su validación, hubiera estado muy feliz por algunos días y después…” Pero la lógica te traiciona, en lugar de calmarte, te demuestra un vacío muy grande “¿Algo habría cambiado realmente?”

Terminas de comer la fruta con esa maldita pregunta “¿Qué hubiera cambiado si hubiera tenido un resultado mejor, más allá de una egoísta satisfacción?”. No sabes cómo contestar… ya no quieres comer nada, no quieres hacer nada… Y ahí, solo en la arena con la mente más destruida que tu cuerpo te das cuenta que tu éxito en el deporte, aunque haga que el mundo te aplauda, no contribuye en absoluto a la vida de los demás

Sentí un gran vacío. Todo ese esfuerzo de mi equipo y yo, el dolor, y lo que abandoné para que al final el único beneficiado de esa gloria sea yo. Me pareció una meta egoísta, vacía. ¿Realmente quería dedicarme a esto?.

Al regresar el contraste fue insoportable, en mi club y en mi entorno me hacían sentir especial: las felicitaciones, los reconocimientos, los abrazos. Siempre los recibía con mucha alegría, pero también pensaba “¿Por qué me celebran?, ¿Por qué se alegran por mí, si con esto no los estoy ayudando en nada?”. Quería encontrar algo por lo cual sienta que mi esfuerzo tenga un efecto positivo en los demás. Me moría por encontrar algo que justificara mi existencia.

La mente es cruel cuando estás triste. Me convencí de que había dedicado tanto tiempo a entrenar que, al quitarme la ropa de baño, lo único que quedaba era una persona horrible.

Llorando en silencio, me hice una promesa: nunca más volvería a sentir esto, a partir de ese instante cada gota de sudor tendría que salvar a alguien más. Competir me hacía sentir sucio, una búsqueda de colgarme medallas para alimentar un ego que ya no aguantaba más.

Me convencí, atrapado en esa inmensa desesperación, de que servir a los demás era la única manera de sanar mis propios vacíos, que si salvaba al resto me salvaría yo

Qué fantasía tan tierna… pero qué equivocado estaba.