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Algo que el deporte me enseñó

Quiero compartir algo que escribí ya hace bastante tiempo. En abril de 2025 me pidieron que presentara un discurso por el día del deporte, en el colegio donde estuve. Lo enfoqué de una manera muy peculiar, y luego le hice la versión completa incluyendo cosas que no se pueden decir en público:

Buen día, amigos

Hoy soy estudiante de medicina, pero hubo un tiempo en que fui un nadador bastante bueno. Vivía para entrenar, competir… y, por supuesto… ganar. En ese entonces, creía que los trofeos lo eran absolutamente todo. Que una medalla era prueba definitiva de que uno había hecho algo importante en la vida… que nadar más rápido era sinónimo de valer más.

Pero el tiempo pasa, y un día te das cuenta de que correr contra el reloj nunca fue una carrera justa.
Porque el reloj no sufre,
no se cansa,
y nunca pierde.

Y entonces miras hacia atrás
y ves que esos trofeos, que antes te llenaban de orgullo, hoy acumulan polvo en una vitrina…
Las medallas, que antes brillaban, se oxidan en un cajón…
Los aplausos y gritos de tu nombre, que un día llenaban piscinas, ya no se escuchan más…
La gloria es efímera y la memoria cruelmente breve…

Incluso uno mismo empieza a olvidarse: ya no recuerdas por qué ganaste tal título, ya no sabes si esa persona sonriente en la foto realmente fuiste tú. Como si todo aquello hubiera sido solo un sueño. ¿Realmente fui yo?

Y ahí, en medio de esa nostalgia, cuando las épocas de gloria ya se han ido, comprendes algo que antes no podías ver. Comprendes que lo más valioso…
No fueron las victorias, sino las lecciones de las lágrimas que nadie ve.
No fueron las celebraciones, sino la disciplina que se forja en el dolor.
No fue el orgullo de una medalla, sino la humildad de volver a intentarlo después de perder.
No fue derrotar al rival, sino en estrecharle la mano y ser su amigo.
No fue subir al podio, sino levantarse luego de ser descalificado.
No fue la marca lograda… sino el camino.

Pero por encima de todo esto… hoy comprendo que lo más valioso que me dejó el deporte fue haber tenido una vida saludable.

Porque cuando uno es joven, la salud se siente eterna.
Uno cree que siempre podrá correr, saltar, nadar, reír… respirar hondo. Uno cree que se despertará cada día con la misma fuerza, sin dolor. Uno cree que el cuerpo siempre responderá, o que se recuperará pronto..
Pero no es así.

Con el tiempo, esa ilusión se desvanece, a veces de golpe, a veces poco a poco..
Y entonces lo ves… no en libros de medicina, sino en los pasillos fríos de los hospitales..
Donde el silencio pesa más que las palabras.
Donde la batalla por respirar agota más que cualquier maratón.
Donde la vida depende de un ventilador

Donde muchos olvidan hasta su propio nombre
Donde la saturación baja y con ella, también el ánimo de quienes esperan
Donde la frecuencia cardíaca inestable inestabiliza la calma
Donde una mirada perdida te dice más que cualquier signo vital
Allí donde la esperanza se mezcla con la desesperación, ves que nuestra salud es demasiado frágil… estoy seguro de que tú también lo has visto.

Aquel ser querido que antes caminaba con paso firme, reía, bailaba…pero hoy se encuentra en un hospital y apenas puede levantarse, le tiemblan las manos, se queda sin aire al hablar, o su mirada parece perderse buscando recuerdos que ya no están… o quizás fue ahí donde lo viste por última vez.

Sé que esas imágenes no se borran, sé que duele mucho
Duele ver a quien te enseñó a caminar… ya no poder caminar
Duele ver cuando alguien con quien conversabas por horas… ya no recuerda tu nombre
Duele ver manos que antes te cargaban… ahora temblar tratando de sostener una cuchara
Duele ver alguien que un día lo tuvo todo… hoy preguntar si podrá quedarse un día más en el hospital porque no tiene a dónde ir
Duele ver cuando el paciente y su familia descargan su dolor en quienes intentan ayudar… porque no tienen a quién más culpar
Duele ver cuando el cuerpo está ahí… pero la persona no lo está
Duele ver cuando se deja de luchar porque simplemente… se cansó
Duele, con una intensidad imposible de explicar, escuchar un “nos vemos pronto”... y no tener cómo saber si es verdad
Duele. Duele muchísimo ver la lucha contra una enfermedad que se pudo prevenir.

Y por eso hablo desde ahí. Desde ese dolor que deja la enfermedad quiero compartirte algo:
No hay trofeo, ni medalla, ni diploma, ni marca mínima, ni examen, ni certificado, ni publicación, ni éxito personal que valga más que la posibilidad de estar sano… ese es un verdadero triunfo.

Tener salud es tener libertad. Y ese triunfo no se cuelga en el cuello ni se mide en récords, pero lo sientes al despertar cada día.

Para alcanzarlo, basta con hacer algo hoy. No hace falta ser el primero, ni el segundo, ni el tercero. Se logra cuidandonos, llevando un estilo de vida saludable. Y dentro de ese estilo, la actividad física constante es clave… y es gratis.

Una vida saludable no puede existir sin actividad física.

Hacer deporte no es solo una rutina, es una forma de amor propio, una inversión en tu futuro. Cada gota de sudor, cada músculo que arde, cada pulmón que se expande, cada latido del corazón acelerado… es un acto de amor hacia el cuerpo que un día suplicará por moverse, por respirar… por volver a ser libre.

Ojalá estas palabras despierten algo.
Ojalá te animen a moverte, incluso si crees que ya es tarde, incluso si crees que ya no puedes.
Porque mientras tu corazón siga latiendo, aún puedes cuidarlo. Tu cuerpo aún guarda fuerza. Tu historia aún puede cambiar.

Y a los padres que están leyendo esto, anímense a empujar con cariño a sus hijos hacia el deporte. Sin presiones, sin obsesionarse con resultados. Lo importante es que se muevan todos los días, que suden, que se esfuercen, que pierdan, que rían… que vivan, porque Deporte es Vivir Alegre. Anímenlos no por las medallas sino porque están formando seres humanos con verdadera fortaleza. Porque el deporte enseña a caer y levantarse, a ganar con humildad, a ser equipo… a ser humanos. Y porque el deporte les dará a sus hijos el mayor regalo: una vida saludable.

Un día, cuando la juventud se haya ido y el cuerpo empiece a fallar entenderemos que la verdadera victoria nunca fue llegar primero,
sino tal vez haber protegido el único lugar donde siempre viviremos: nuestro cuerpo.

Y ese día, cuando ya no se pueda correr, ni nadar, ni saltar… ni respirar…
y solo quede mirar atrás
que no sea con arrepentimiento.
Que sea con la paz de haberlo intentado,
con la paz de haber sido libre.